Un vendehumos pillado infraganti

En este mundo hay varias clases de personas. Por lo general nos gusta pensar que la gente es buena, que buscamos nuestra felicidad pero sin pisar al resto. Pero en ocasiones, te das cuenta de que no es así. Existe una raza diferente, una subespecie que en lugar de evolucionar, parece haber involucionado: los Vendehumos. Esta especie pendiente de catalogación científica se encuentra en los lugares más recónditos de la tierra. Poco tiene que ver con la genética y mucho con la ignorancia, la falta de educación, y carencia de empatía.

En la ocasión que nos ataña, el ejemplo que viene a continuación, habla de un Vendehumos clase Croissantsinseso. Un hedonista en cuyo hogar han de faltar espejos y parece estar en compañía de unas 20 abuelas con un amor sin fin hacia su nieto, y cuya ceguera hace que le vean como realmente no es.
Imaginémonos a las pobres mujeres diciéndole cada hora del día “ay mi niño, ¡pero qué guapo eres!”. Hemos de reconocer, que ha de ser difícil sucumbir a los halagos de tantas abuelas.

Galán es un joven alto, moreno, atlético, aunque a mi parecer con una cabeza un tanto pequeña. Para que nos hagamos una idea, se parecía un poco a los gemelos que aparecen en la película de los Hermanos Bross, pero versión metrosexual 2.0. Engominado, sonriente, bronceado… siempre listo para guiñarte un ojo mientras sonríe y sus dientes, que parecen estar pulidos cual diamante, emiten un brillo similar al de anuncio de dentífrico antiguo. El joven Galán llevaba tiempo adulando a Dulce. Cientos de mensajes de “Buenos días” y “Buenas noches”, y alguna palabra un tanto más subida de tono que otra llenaban la bandeja del whatsapp de ambos desde que se conocieron de una manera un tanto accidentada un par de meses atrás. Desde aquella noche en la que sus vidas tropezaron, sólo se habían visto en persona una vez, y no fue precisamente una cita, sino un “hola que tal como estás me voy con mi gente”.

Galán se mostraba francamente interesado en Dulce:

  • G: Hola Dulce, ya he acabado de trabajar ¿Dónde estás? Estoy cerca de tu casa.
  • D: Con mis amigas, tomando algo en el barrio.

Cri cri… no contesta. Al rato bip bip. Un nuevo mensaje de Galán:

  • G: Ah muy bien, pásalo bien. A ver si nos vemos.

Esta es la conversación diaria entre ambos. Una conversación vacía, sin sentido, en la que faltaba un ¿quedamos?, ¿nos vemos?, ¿me paso? A ver, seamos adultos, ¡si quieres conocer a alguien, quedas! Sacas tiempo de donde sea.

Frases típicas:

  1. Realmente me gustas, eres diferente. Yo no soy de esos que buscan un rollo, ya me he cansado de eso.
  2. Tu y yo solos, no quiero conocer a nadie más.
  3. Me gustas porque eres diferente.
  4. En cuanto estemos juntos podrías venirte a vivir conmigo.

Realmente entraban incluso arcadas de empalague con tanto mensaje dulce, amoroso, facilón…Muy bonito todo, pero ¿cuándo os veis?

Finalmente consiguieron cuadrar un día, 15 minutos. 15 minutos en lo que él la recogía en el sitio A y la llevaba al B, porque él, tenía prisa. A los dos días, pasó por la casa de Dulce, a llenarla de besos y recordarle lo guapa y especial que es. Pasó allí 15 minutos. Siempre había prisa.

Era una tarde soleada de enero, nuestra amiga Dulce disfrutaba de un placentero día de playa junto a sus amigas. Como siempre, Galán le preguntaba qué tal y dónde estaba. Al marchar, ya en carretera, nuestra amiga Canela, que era la conductora dijo: “Dulce, mira mira, ¡ahí está Galán!”. El joven se encontraba sentado en una terraza, almorzando, lo que parecía ser una sopa o similar, en compañía de una joven rubia, una delgada devoradora de patatas. Ambos hablaban de manera distendida, hasta que ella, cambió de cara y comenzó como a discutir con el pobre Galán.

Dulce, con ganas de verle y sorprendida por la coincidencia, le mandó un mensaje al muchacho, a fin de decirle “te veo”. La conversación fue la siguiente:

  • D: Hola churrito, ¿dónde andas?
  • G: Aquí, dando vueltas con el camión, a ver si paro a comer. (primera mentira)
  • D: Ah, ¿y que vas a comer solito?
  • G: No, igual hablo con una amiga con la que tengo una deuda de un seguro pendiente. (Bueno, parece que no miente tanto).
  • D: Nosotras nos vamos a ir ya. ¿Dónde andas?

Puff, como por arte de magia, tras recibir el mensaje, Galán y Devoradora desaparecen de la terraza, que casualmente está en la única salida del pueblo, lugar plenamente visible para quien salga.

A los 10 minutos de la desaparición, galán llama a Dulce, que a estas alturas ya estaba un tanto mosca.

  • G: Hola mi niña. ¿dónde andas?
  • D: Hola churrito, ¿nos vemos?
  • G: Si claro, si a tus amigas no les importa. Estoy en el taller. Pásate.

Llegamos al taller, pero Galán no sale de dentro, sino que viene cruzando la esquina. Se acerca al coche, saluda a Dulcinea y prosiguen con la siguiente conversación:

  • D: ¿Ya has comido?
  • G: Sí, un bocadillo, a toda prisa. Como los inmigrantes.

¿Un bocadillo, con cuchara? ¿A toda prisa? Algo huele mal…

  • D: Ah, ¿y al final has podido ver a tu a miga?
  • G: Que va, he comido solito.

¡Alarma nuclear! ¡Bombazo atómico! ¿Sólo? ¡La chica era delgadita, pero no tanto como para ser invisible! Menuda pillada…

El caso, es que Dulce, aguantó el tipo, no dijo ni mu. Y una vez en el coche, ya rumbo a casa, le mandó un mensaje, con una foto que había sacado a Galán comiendo, en la que se le ve con cuchara, y acompañado. En ella agregó el siguiente texto: “Una imagen vale más que mil palabras”. Cierto es. Pero lo matador, fue la respuesta de Galán: “jajajajjajajjajajajajajajaa” (sí la risa parecía eterna) “espía profesional”. ¿Espía? Bueno… casualidades de la vida. O tal vez un ángel de la guarda que protege a Dulce de los Vendehumos. Esos que antes de reconocer su error y agachar la cabeza, hacen cualquier cosa por quedar mejor, arriba, como el aceite. Y no se dan cuenta, que como el aceite, son asquerosos, pringosos y desechables.

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