Ventilando el alma

Doors_16-01Dicen que “cuando una puerta se cierra, se abre una ventana”. Es un dicho popular que sirve para numerosas ocasiones. Por ejemplo, cuando quieres ventilar algo, ya sea tu habitación, tu mente o tu alma.

Pongámonos en situación. Algo empieza a oler francamente mal, y no es que anoche se te olvidase retirar los restos de comida del fregadero, ni que sea hora de ducharse. Hay cosas que vienen, cosas que van, y otras que cuando encierras acaban por oler mal.

El aire, pesado, hace que respirar sea casi una misión imposible. Cargado y denso parece una espuma viscosa que se abre paso por tu nariz y empujas con fuerza hasta los pulmones a través de la garganta, pero no sacia. Las bocanadas de aire se van haciendo más y más profundas, pero es como si el oxigeno no existiese. Alguien parece haber estado respirándolo antes y lo que quedan son los restos por ti.

Llevas sobreviviendo a base de esa amalgama de gases casi mortales tanto tiempo que no recuerdas cuál fue la última vez que ventilaste tu alma. Está bien tener la puerta abierta. Nunca sabes quién volverá a entrar. Pero por la puerta suelen entrar conocidos, personas que por uno u otro motivo decidieron salir, pero que ahora, de manera aparentemente casual, deciden volver a entrar. Hay veces que el aire es tan denso, tan irrespirable, que no vale con dejar la puerta abierta. Quien no haya entrado llegado ese punto, es que no tiene interés en hacerlo.

¡Abre la ventana! Una ventana es una abertura de mayor o menor medida que la puerta, pero con acceso exterior. Al contrario que su abatible compañera de mobiliario, permite el acceso y salida hacia el mundo. Hace que el oxígeno y demás cosas que pasean por tu habitación del alma tenga libre acceso. Pueden irse para no volver, o quedarse dentro para recibir a las nuevas.

¡Oh, nuevas visitas! ¡Qué nervios! Imagina un mundo nuevo. El acceso a una boutique de la gominola desconocida hasta el momento. Sabrosos sabores y coloridos colores. Un éxtasis de novedad. Aires nuevos y desconocidos, desviciados, libres de gases nocivos, 100% respirables.

Inhalas. Primero de manera cauta, la novedad asusta, pero sientes como el proceso pronto se convierte en algo natural. Los pinchos de tu capucha cactus parecen relajarse y disfrutar de la sensación. El aire fresco es bueno. Ayuda a respirar, hace que las situaciones resulten menos densas, que el ambiente parezca más feliz.

Tus pulmones se hinchan, vigorosos, el cansancio quedó a un lado. Comienzas a notar sabrosos matices de fresa, menta, chocolate… ¡Cuánto tiempo sin respirar tan a gusto! El aire nuevo se acerca a tu cuarto, atento, interesado, pero cauto. Hace mucho que no veía el interior y le asusta lo que pueda quedar dentro, nunca se sabe cuando el cactus lanzará de nuevo sus pinchos y cerrará la ventada de golpe volviendo a saturar el aire. Pero entra, ventilado y feliz, con nuevos planes, nuevas aventuras por vivir.

Esta sensación de nuevos aires, es algo que sobre todo los asmáticos y alérgicos a otros males de la nueva era como la envidia, la utilización de personas, el egoísmo… entenderán más que nadie. La saturación creada por los malvados aires viciados que el alma se empeña en mantener en su interior, puede que por miedo a lo que pueda venir, o tal vez por miedo a lo que pueda perder. Esa saturación que ahoga, pero que desaparece al abrir la ventana. Nuevos sueños, nuevas metas, arrastrando lo viejo, pero sin que estruje el alma.

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2 comentarios sobre “Ventilando el alma

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