El complicado mundo del pis fiestero

pis fiesteroSalir de noche y tomar un par de copas puede convertirse en toda una odisea cuando la vejiga empieza a hacer de las suyas.

Bebas lo que bebas, el proceso es el mismo. Agua, cocteles, bebidas energéticas… Inclinas la copa sobre la boca, el fresco líquido roza tus labios camino a la garganta mientras la lengua disfruta de esa explosión de sabor. Entre 15 y 20 minutos después del primer trago empiezas a notar las consecuencias de esa deliciosa copa. Y no hablamos de los efectos naturales de la bebida como energía o una sensación que vaya desde un puntillo gracioso a una señora menopea. Hablamos de nuestra vejiga. Inevitablemente antes o después ese líquido acaba por fastidiar. Una opresión densa y pesada empieza a hacerse notar bajo el ombligo. En ese momento sabes que toca hacer un paseito. Ya seas hombre o mujer el proceso es el mismo, o al menos parecido. A voz en grito, por el elevado volumen de la música, haces saber a tus acompañantes que vas al baño. En este momento hay un par de opciones posibles. Uno, que alguien más esté notando esa sensación y decida acompañarte. Dos, que alguno de los demás quiera darse un paseito y ver el panorama y te acompañe. Tres, que vayas solo.

Paseas hasta el baño, normalmente lejos del lugar en el que la cuadrilla ha decidido situarse. Al llegar te encuentras con una interminable cola. “Joder, si lo sé vengo antes, ¡me meo!”, dice una vocecita en tu cabeza. No sabes por qué, pero siempre es lo mismo y siempre llegas tarde, y siempre hay cola… pero no aprendes. Así que esperas.

Por fin se libera uno de los urinarios. Al entrar una sensación de asco recorre tu cuerpo, parece que alguien se ha empeñado en pintar de un amarillo pis todo el habitáculo. No hay esquina limpia. Bien, pasemos a cerrar la puerta. Si eres una sola persona no hay tanta dificultad. Pero de todos modos te tienes que retorcer, hacer de auténtico contorsionista para evitar que en el transcurso de entrar y cerrar la puerta, ninguna parte de tu vestuario roce los depósitos del anterior usuario.

La puerta está cerrada. Miras a la derecha, a la izquierda, “¡Mierda, no hay papel!”. Ahora entiendes todo. No es que no apunten al mear, es que se sacuden con tal fuerza para secarse que pintan todo con su pis. Y esto si has tenido la suerte de entrar en el váter correcto. Porque todo esto cambia mucho si alguien ha tenido una necesidad de mayor envergadura. En este segundo caso, sin papel a la vista, el panorama suele ser algo más artístico. Un cuadro estilo Picaso decorará las paredes. Una “pintura” marrón, aplicada a mano, con un intenso olor pestilente hará las veces de decoración antivisitas.

Comienzan los equilibrismos. Tras observar el dantesco panorama y elegir el váter menos asqueroso te pones al lío. Analicemos la situación: paredes intocables, urinario lleno de gotitas de pises ageno, sin papel, y con suerte, algo de luz. Bien, llegó el momento. Bajas tu pantalón y recuerdas que lo fácil que hubiese sido todo de llevar falda. Acercas el culo a la taza, y dependiendo de la fuerza de tus piernas, y de tu altura, eres capaz de aguantar en cuclillas o no. Si eres bajita la has liado. Toca ponerse de puntillas, mientras aguantas el equilibrio, apuntas hacia el agujero del váter y evitas que nada roce el lugar. Una odisea casi imposible que se ve agravada en caso de haber bebido de más, ya que le sumas el desequilibrio al tema. Como pierdas el equilibrio y tengas que apoyar la mano en algún lugar… ¡ERROR! Te ves impregnado de bacterias agenas.

La pregunta es, ¿tan difícil es mantener los váteres limpios? Al menos podrían tener un abastecimiento constante de papel para evitar malas y antihigiénicas costumbres de sacudidas o limpiezas anales. El caso es que prácticamente todo cliente de local nocturno acaba haciendo uso de este servicio de limpieza interna corporal por lo que se le debería prestar tanta atención como a la limpieza de los vasos.

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